VII


Una tarde en medio de risas y la impaciente forma de mirarnos...
Pusimos sobre la mesa en palabras los deseos de cada uno.
Cayeron como puñados en la vela triste que nos hacía compañía y decoraba
Nuestra felicidad. Todo era cálido y pacífico.

La sinceridad parecía brotar de nuestros labios, nos mirábamos como la gente
que se espera para despojarse de sus deseos.
Parecía como si nuestro pasado nos diera una sacudida y, por fin,
Nos encontráramos como los broches de unos aretes y, quisiéramos
Permanecer ahí, en total y completa libertad, juntos, pero libres.

Cada uno escribía letras muertas, letras que no se pretenden encontrar.
Prefiero resguardar mis palabras de un encuentro con la mentira.
El destino me dijo que corriera, pero mi balanza “encontró” el equilibrio
desobedeciendo el mandato de los astros.

¿Deseo? ¿Amor? … Quizás nos confundimos y no era nada de
lo que sentimos ese día junto a esa vela…

Con el tiempo, ese broche me pinchaba cada vez que movía mi cara.
Con el tiempo, la parafina de esa vela se regó sobre mis manos y me las
Congeló, yo advertía mi dolor, me rascaba, buscaba alivio,
pero al parecer eso no era inminente.
Con el tiempo, esa parafina me cubrió y me quemó tanto que no necesité
Un mechero, ni de alguien que encendiera de nuevo esa vela que me poseía.


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